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Alfred Nobel


 

LA ESCALERA
Ludmila Teatini


Era su lugar preferido; cuando Pablo no aparecía por ningún lado, lo encontraban acurrucado en ese rincón de la casa, haciendo rodar sus autitos o acariciando a Cleo, la vieja gata blanca y negra. Pero había algo que a los grandes les llamaba la atención: los ojos negros de Pablo miraban siempre hacia el techo con insistencia:

- ¿Qué mirás Pablito?
- La escalera...
- ¡Mira que eres soñador!... ¿De qué escalera me hablas?
- Esa mami...

Y señalaba con su manito una escalera de caracol que sólo veía él. Una escalera de peldaños y pasamanos blancos que giraba y giraba subiendo hasta llegar al blanco techo de la casa. La mamá de Pablo seguía el juego preguntando:
- ¿No se puede subir?
- No porque termina ahí, en el techo

Los grandes ya se habían acostumbrado. Cuando lo descubrían en ese rincón lo miraban y sonreían comprensivos. Cierta noche, un ratito antes de que todos se fueran a dormir, Cleo ronroneaba en los brazos de Pablito. Desde su rincón favorito los dos miraban con atención la invisible escalera blanca.

- Cleo, ¿vos también la ves, verdad? ¡Lástima que no podemos subir! Sería bueno tener un lugar tranquilo para jugar vos y yo, y papi y mami también.


Y como descubriendo algo maravilloso, siguió hablándole a la gata.

- Cleo... ¿si vos la ves... seguro que vos podrías...?, ¿no te animás a subir?

Entonces la gata de ojos dorados dejó los brazos de Pablo. Se estiró sin apuro y camino hacia la escalera con sus pasos silenciosos. Después se sentó en el primer peldaño, luego en el siguiente y en el de más arriba; Cleo estaba tensa, atenta con sus largos y blancos bigotes hacia delante, como cuando los gatos están a punto de descubrir algo.

- ¡Mamá...! ¡Papá!.. Cleo ya está en la escalera ¡miren! Ella la ve y está subiendo.

Los padres se miraron sorprendidos. Y también vieron la blanca escalera de caracol con sus blancos peldaños.

- Y no termina ahí...miren... termina en ese lugar azul ¿vamos?

Los tres comenzaron a subir muy lentamente dándose las manos detrás de Cleo que conocía de alturas. Más arriba se abrió un espacio azul que no era cielo sino... de uno en uno entraron, muy calladitos los tres y vieron muchas cosas...

- ¡Esa muñeca!, pero si es la que tanto quise tener cuando era chica. Si, estoy segura, siempre la miraba en la vidriera – dijo la mamá.
- ¡El tren que le pedí a los Reyes Magos hace mucho! ¡Y el auto, ese a control remoto, el del otro día en la juguetería!, ¿te acordás papá?

Y casi sin voz, emocionada, agregó la mamá:

- Esa es Perlita, mi muñeca. Me la regalaron cuando cumplí seis años... no está rota. Me acuerdo cómo lloré cuando se cayó, nunca pudieron arreglarla. Si tu abuela la viera seguro que la reconocería.
- ¡El barrilete que me hizo tu abuelo!. Me acuerdo cuando se soltó por el viento... ¡hace tantos años! – dijo temblando el papá.

Muy lentamente, uno a uno, fueron reconociendo sus juguetes más queridos, más deseados; allí al alcance de su vista ninguno de los tres se atrevían a tocarlos. Sólo podían ver cómo en ese espacio azul estaban guardados para siempre sus sueños, sus deseos, sus ilusiones. Así, tomados de la mano, sintieron de pronto que era hora de bajar, en silencio, alegres como niños los tres, Cleo detrás. Nunca más vieron la blanca escalera de caracol a pesar de que muchas veces la buscaron con los ojos. Tal vez por eso, poco a poco, ese lugar se convirtió en el preferido de los cuatro, Allí hacían planes nuevos, Allí se contaban sus más queridos recuerdos, Allí dónde sus sueños existían más allá de una blanca escalera de caracol.

 

 

 

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