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Alfred Nobel

ATMÓFERA DE INSEGURIDADES

ALGO MÁS QUE PALABRAS

 


El estado de inseguridad que vive el mundo es preocupante. Algo habría que hacer para frenar tantos desórdenes y achicar calamidades. La primera de las atmósferas a tener en cuenta debiera ser la de asegurar los alimentos para toda la población mundial. La inseguridad alimentaria acrecienta las tropelías. No se puede calmar la tierra, sino se alivia el sufrimiento de las personas que padecen hambre crónica, incluso en regiones donde el clima favorable y los buenos terrenos aseguran la disponibilidad normal de excedentes alimentarios. La corrupción de esos gobiernos, que no propugnan valores de justicia, han de ser juzgados por tribunales internacionales. A mi juicio, se podría conseguir la seguridad alimentaria, a poco que pusiéramos orden en un mundo en el que ya no hay distancias, redistribuyendo los alimentos en cantidades suficientes, teniendo en cuenta la producción interna, las importaciones comerciales y las existencias nacionales, los medios de subsistencia de los hogares, es decir, un mínimo vital que debe ser adecuado para proporcionar a las personas acceso a los suministros alimentarios; y los suministros disponibles deben satisfacer las necesidades de alimentación y salud específicas de todos los miembros de la comunidad.

Otra de las grandes lacras mundiales, es la violencia, que genera un tornado de inseguridades, causadas, en parte, por esa pobreza en la calidad de vida, por la corrupción de gobiernos, impunidad, desintegración familiar o ingobernabilidad. Hemos de concebir, pues, la seguridad humana como un concepto amplio, puesto que de todas las condiciones de la libertad, la seguridad es una de las más evidentes ya que, si ella falta es la misma libertad la que se esfuma. Se necesita, pues, potenciar tanto la seguridad de la defensa de las instituciones y el mantenimiento de la tranquilidad ciudadana, como el derecho a la protección de la persona y de sus bienes. Por consiguiente, la noción de seguridad, conlleva esa tranquilidad ciudadana, que nos asiste en los derechos fundamentales o derechos naturales, y que ha de frenar la temible y terrorífica delincuencia callejera o terrorismo. Y eso, es asunto de los Estados y de sus Gobiernos.

Los episodios de delincuencia callejera y de violencia criminal degradan el concepto mismo de civilización humana. Hay que salvar a la sociedad, al mundo, de tantas intimidaciones, porque en todo el planetario se vive en continuo terror, hasta el punto, que ya se dice y comenta, que nadie se siente seguro de su propia existencia. Y eso es gravísimo, por el peligro de destrucción que conlleva. Por eso, ante los generadores del terror, hay que actuar con contundencia, para salvaguardar la seguridad de cada persona, lo exige el derecho, todo el derecho del mundo, el principio natural de toda convivencia humana, de ahí que sea un crimen contra la humanidad, porque destruye la verdadera construcción de una tierra en paz.

Ante tanta atmósfera de inseguridad, pues, en el mundo, urge un nuevo pensamiento de unión entre todas las naciones que frene la barbarie, mediante compromisos serios y políticas integrales que localicen las causas económico-estructurales y psico-culturales de la violencia social, para repelerlas eficazmente, incluyendo campañas masivas por todos los medios de comunicación, que promuevan los valores morales y los derechos ciudadanos, imprescindibles para una convivencia pacífica y una vida humana digna y sostenible. El clima de violencia y mal gusto que potencian las televisiones y otros medios de masas, están haciendo un irreparable daño.

¿Adónde, adónde va el mundo con estos aires de inseguridad?. ¿Hacia dónde vamos?. ¿Cómo mejorar la seguridad de todos, de toda persona, sea lo que sea y habite dónde habite?. La sociedad se ha olvidado de lo más principal, de sí misma, de salvaguardar al hombre en un hábitat más justo y humano, dejándose arrastrar por mezquinas ideologías que destruyen y fomentan el odio. La más ínfima violencia, desde esa que se genera a pie de calle, la simple pelea o bronca, no engendra otra cosa, que más violencia. La lucha entre la violencia y la paz, entre la intolerancia y la razón, entre el extremismo y la moderación, entre la fuerza y el derecho, se libra sobre todo desde el interior de cada persona, desde su propia conciencia. Por ello, es tan importante, educar en valores, que los valores no se han dictado para que figuren en cartas magnas, sino para que nos guíen hacia horizontes de concordia. ¿Cómo no pensar también en la violencia contra la vida de millones de seres humanos, especialmente niños, forzados a la miseria, a la desnutrición y al hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas entre naciones y clases sociales?. ¿O en la violencia derivada de un comercio escandaloso de armas que favorece los conflictos armados? ¿O en la siembra de muertes debido a los desequilibrios ecológicos con el riesgo de un holocausto ambiental, por consumir de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra y su misma vida?... Son tantas las inseguridades, ¡tantas sus formas, manifiestas o encubiertas!, que ponerse hoy a trabajar por la seguridad es cuestión vital, sino queremos que la cultura de la muerte nos gane la batalla y nos destruya.

Autor : Víctor Corcoba Herrero