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Alfred Nobel

AMOR EN EL MATRIMONIO
Y EN EL NOVIAZGO



Miles o millones de leyendas que luego fueron fuente inagotable de novelas románticas, nos muestran lo mucho que el hombre sería capaz de hacer o de sacrificar por conquistar el cariño de la mujer que en su corazón llama su bienamada. Y lo mismo la mujer con respecto al hombre.
Plasmada la imagen ideal, constituida ya la voluntad para ser encauzada hacia el logro de esa aspiración todo se va construyendo con hilos de seda y marfil. Sobreviene luego la realidad cuando uno y otro colman su aspiración y la imagen ideal comienza a palidecer desapareciendo los hilos de seda y marfil. Es que había allí plasmadas dos imágenes ideales; la de él y la de ella. El encuentro de ambos no fue el
encuentro de las dos imágenes y entonces, cada uno, tomando por su parte el pincel la va modificando;
porque, considerando a la suya may superior, piensa, que ha sido demasiado generoso.
¿Cuál, es el pincel que comienza a moverse en la mano de ese artista incógnito que plasmó en el éter un cuadro que tan sólo él podía, ver, admirar y adorar? La realidad; aquella que mostrando por una parte lo que es ofrece la posibilidad de lo que puede ser, y sólo pide poner manos a la obra con el afán tolerante que perfecciona sin dañar que quiere modelar. Es éste, en verdad, un arte al que contados seres rinden culto; muchos lo intentaron, pero, a poco de empezar, la impaciencia, las exigencias injustas y después el desánimo terminaron por alterar la imagen dejándola semi destruída.
Pero algo queda siempre de esa imagen ideal: queda la fuerza del afecto, la fuerza del recuerdo, que en constante reviviscencia fija a cada uno su conducta. Esa parte de la imagen ideal es la que influye desde el momento en que los seres se desencuentran, se desconocen o se rechazan; desde el momento en que por causas, no muy graves, se suscitan disgustos, desavenencias o rozamientos. Es la que influye para calmar la agitación, suavizar el error y aun para perdonar, porque cuando la imagen física en los momentos de enojo se borra para los ojos que la ven; aparece, mostrándose a esos mismo ojos, la imagen ideal, revestida siempre de recuerdos, de afectos y de historia; de esa historía que juntos vivieron, participando de los días felices y de los días de dolor.

Esa imagen es la que influye, y no otra casa, para que los seres se reconcilien y se reencuentren, estrechando sus espíritus en el amor de esa imagen,

Carlos B. González Pecotche
(Buenos Aires 1901-1963)

 

 

 

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