Poemas y Relatos
Web de poemas y relatos
Poemas y Relatos » relatos » Bien matungo, bien –
Bien matungo, bien –
Fondati, Ruben

Bien
matungo, bien…

La
pesca en sí, siempre la consideré un milagro.

Frente
a tanta agua un anzuelo con una carnada, es poco menos que
nada.

Y
si sumamos esto a que al pez no lo vemos, que no lo podemos
obligar a que tome nuestro cebo, debemos coincidir que nuestro
anzuelo se torna diminuto e insignificante. Ahí la
pesca se convierte en un milagro.

Con
gente que uno quiere, más milagro todavía.

A
los quince años ya era un pescador avezado, tenía
varios tipos de “milagros” en mi haber: dorado,
surubí, patí, boga, dientudo, tararira, bagres
en todas sus expresiones, corvinas. De algunos un solo ejemplar,
de otros muchísimos, más alguna otra especie
que por ser abundante – como la mojarra – no amerita
ningún logro como para tenerlo en cuenta.

Pero
había una materia pendiente: nunca había pescado
un pejerrey. Siempre que intentaba pescar algún “
flecha de plata” siempre pasaba algo, llovía,
se rompía el coche en el que íbamos a ir, ese
día no había pique, o simplemente todos pescaban
alguno menos yo. Invierno, verano, ríos, lagunas y
salvo uno pequeñito de unos ocho centímetros
que pesqué en el Paraná y que obviamente devolví
al agua nunca de un anzuelo mío salió alguno
que me hiciera también un pescador de pejerrey.

Pero
como dije antes, la pesca es un constante milagro, a veces
porque pescamos y otras porque compartimos la vida con otra
gente.

Un
día con mi papá y un amigo, Aldo – “zapallito”
para los amigos – intentamos pescar algún pejerrey,
el lugar: la laguna de Chascomús en Buenos Aires, la
fecha no era la ideal, 16 de diciembre y me acuerdo hasta
el año: 1974.

Aldo
– zapallito – me había bautizado con un apodo
muy singular, me decía “matungo”, dada mi
escasa suerte con los pejerreyes grandes que llamamos de esta
manera.

Subimos
al bote y luego de unos minutos de motor paramos casi en el
centro de la laguna. Con mucha tranquilidad armé, encarné
con las mojarritas que habíamos comprado en el lugar,
lancé al agua las tres boyas palito que componían
la pejerreycera y a esperar. No habían transcurrido
ni quince minutos cuando la boya del medio tuvo un movimiento
“raro”. Se “paró” e inició
una corrida que la recordaré por siempre, una corrida
sensacional, hacia mi izquierda, vertiginosa, que hacía
acercar mi línea hacia la de Aldo con el peligro inminente
de una “galleta” para los dos. De no haber sido
por ello lo hubiera dejado a ese pez que siguiera corriendo
todo el día, como si yo fuera el eje de una calesita
imaginaria para que me siguiera deleitando esa visión
de la boya corriendo por el agua. El aviso de mi papá
– ya con tinte de reto – me hizo reaccionar “…
clavalo! …clavalo!…” decía.

Y
lo clavé. Lo clavé y esa sensación que
tuve fue espectacular, corrida de nuevo, salto, magia, alegría,
corrida otra vez…

Así
llegó mi primer pejerrey a ese bote. Lo subí,
lo miré largo rato, estaba extasiado ante tanta belleza
y al darme vuelta observé que Aldo me miraba con esa
mirada que solamente brindan los amigos y con un gesto similar
a una bendición me dijo: “… bien matungo, por
fin!…”. El y mi viejo me alentaron durante toda la
lucha, sabían que era mi primer pejerrey…

Y
aquí la historia tendría que terminar así
de bien, así de feliz, pero no, hay más. Ese
día pesqué siete pejerreyes, todos de más
de 400 gramos, la pesca total del bote: 15 piezas, fui, ese
día, el que más pesqué.

Aprendí
también ese día que no importaba la cantidad
que uno sacara, porque mi papá y “zapallito”
estaban más contentos que yo, aprendí a disfrutar
de la pesca con los amigos y con la gente que uno quiere,
porque en algún momento eso se extraña.

Y
si bien pesqué muchos pejerreyes desde aquel entonces,
sin duda ese día guarda un recuerdo preferencial en
mi memoria. Al igual que Aldo “zapallito”, quién
ya no se encuentra más entre nosotros, y al recordarlo
en esta historia, humildemente, uno lo rescata del olvido
y eso hace para mi que esté vivo para siempre.

Será
a lo mejor que estos recuerdos me hacen sentir un afecto muy
especial por la pesca del pejerrey y por ello debe ser que
cada vez que saco una pieza del agua sienta en mi mente aquello
de “… bien matungo, bien…”

Autor
: Ruben Fondati