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Cronica de una noche en Akkad
Lozano, Manuel

Crónica de una noche
de guerra en Akkad
Autor: Manuel Lozano

Se asesina en nombre del Dios, que dijo:
«No matarás», y en nombre del Derecho se viola
el sagrado derecho a la vida!…
Entre las guerras del caudillaje y las
guerras de la idea, hay un abismo.

Vargas Vila, Pretéritas

I

Ya nos desaparecieron entre los dientes lascivos del viejo becerro. Vuelve con sus jaurías la miseria. El becerro -que busca ceguera en la mudanza de este enigma-, recaudará los dinares del calvario. Su boca ha de estrellarse entre las tumbas. ¿Pero no es una alucinación esta metálica lluvia sobre el agua? ¿Cómo debo nombrarla? Los huesos impregnan la arena. Llueve, pero no está aquí la lluvia. Hay truenos, pero no hubo nunca aquí tormenta. Giro hacia atrás el tatuaje de carroñas: toco una rajadura de tiempo cuando nado en los volcanes. Ya nos lacran la piel con el del vértigo, lo sabes por el fulgor que ha quebrado los cántaros, lo sabes por el eco devorante en las mortajas.

II

¿Puedes hablar de piel en estos mostradores del odio? Patíbulos desentierra la escritura de moscas. Vuelan y se retuercen, palpitan en un altar de vigilia cubierto hasta el barro impalpable de la súplica. Ve hacia arriba, ahógate en la luz del desamparo. El que cantaba en el foso muestra -una tras otra- las estrías de la fiebre. No recuerdo cuándo el rayo vació este cerebro.

III

Un vendedor de tomates podridos oculta muerte. En los diminutos desfiladeros de una fábrica de cerveza, la muerte oculta muerte. Monigotes bailan la antigua danza (no, no es la danza, me repito, sino el falso perfume de una profanación.) Junto al golfo, huelen tripas los delfines.

IV

-¡Qué anunciación esperas frente al calvario!- dijo la mujer nocturna. ¡Esos no eran cuerpos, madre, son marionetas inconcebibles! ¡Mira el hediondo desperdicio que usurparon los hombres, que al fin usurpaste con tu ceguera a cuestas, con el mínimo ojo emparchado por el porvenir! Vienen a mí, lo sé madre, regresan con sus copas llenas para adorar al ángel codiciado.

Entonces el ángel resplandeció en la sombra de una palabra. Todos lo vieron. Y como todos recibió el olvido.

V

Afuera los cuerpos que aúllan y son la sangre sucesiva que en el alba del Tigris multiplican ruegos, desfigurando la filmadora banal.

Una gota de sangre nubla la lente.

La humanidad estalla de nuevo en su fracaso.

VI

La negra víbora se distiende con furor tan pronto como ve pasar el globo de fuego donde estaba condensado el rayo, soñaba y escribía León Bloy en su poseída casa de Monmartre.

Sólo el dolor germina luz en los desechos. Quedan invitados al basural: alba, extremado cuerpo hirviente.

VII

Fui hacia la selva.

VIII

Espirales de humo dispersarían por las bocas y las chimeneas el olor del suicidio. Se debe acallar esta criatura. Se debe hundir.

Hubimos de caminar en esta noche con los ojos vendados, tanteando los restos de dientes y legumbres bajo nuestros pies. Todo se descompone en los antiguos aserraderos. Ácido sol sobre las tumbas. Nada ha de despertarse en la feria.

IX

Fuimos hacia la selva.

X

No más dulce jardín para lapidar a los pobres. ¿Cuál es tu triunfo ante la muerte, miserable? ¿Qué coronas de espinas no reclamas ahora? ¿Qué dios no colma ya de risas tu ataúd funambulesco?Inútiles los redentores, tus armas, y los tenues mártires cabalgando entre gusanos.

Los mercados bursátiles suben, repugnantes. ¡Debe continuar el show de los bufones! ¡Qué ansiosa inmolación por el libre mundo de la libre economía! ¡Qué prolija heredad de la tiniebla! La usura cuenta papeles. No habrá nunca lugar para la vida. Lúgubre canción por amplios túneles.

Adentro, el vacío.

Manuel Lozano

Villa Santa Lucía de Siracusa, abril de 2003

(Este texto pertenece al libro
«La noche desnuda de rostro ciego»,
de Manuel Lozano)